20 abril 2009

Un Año Más Que Se Va...


El tiempo pasa. Inexorablemente, pasa. Y pasan las horas, pasan los días, pasan los años.
Hoy es un año más... como todos los días la verdad... es sólo que hoy, a diferencia de los otros 364 días del año, todos me lo recuerdan.
Aunque cuando abrí los ojos por la mañana parecía un día como cualquier otro... los zapatos tirados en el piso, la botella de agua a medio beber en el velador y Minina (mi adorada gata) durmiendo en los pies de la cama... el resto del mundo me decía a gritos que hoy tenía que ser especial. Y como no quiero llevarle la contra al mundo (la experiencia me dice que siempre es uno el que sale perdiendo), me levanté con una gran sonrisa en los labios y la mejor disposición para dar gracias a todo aquel que me recordara que hoy tengo un año más. Pensé que quizás si parezco feliz de cumplir años, en un par de horas más realmente lo esté. Algo ilusa, pero mejor optimista que derrotista, ¿o no?
Bueno, me levanté, me duché (mientras agradecía que todo está aún donde corresponde, ¡gracias al cielo!) y comenzó el festival de llamados, mensajes, mails... toda vía de saludo que la tecnología permita. Y entre cada uno de ellos me preguntaba porqué me sentía tan miserable.
¿Es acaso porque pasan los años y sigo soltera? ¿Será porque no me estoy haciendo más joven y aún no estoy haciendo lo que realmente quiero? ¿A este paso cuándo voy a tener hijos? ¿Estoy atrasada? mmm ¿Todas las anteriores? ¡Agotador! Como dijo Mafalda, ¡que pare el mundo que me quiero bajar!
Logré mantener mis divagaciones depresivas al margen y continuar con el día y los preparativos de celebración (¡sí, lo celebré! hay que cumplir con el rito completo, si no no vale). A las 10 de la noche ya estaba instalada con amigas cercanas y mi hermana en un bar... en mi mano el mojito más necesario de la historia. 
Amigos, conversación, regalitos (¡absolutamente innegable, la mejor parte del cumpleaños!), trago, cigarrillo... el contexto ideal para olvidar los cuestionamientos existenciales detonados por el reloj biológico. Y, junto con mi paz mental, llegó el pastel de cumpleaños, 27 velas encendidas, el cumpleaños feliz comenzó a sonar y, mientras soplaba las velas sin olvidar mis tres deseos, por primera vez en el día me sonrió el alma, pues ahí, rodeada de amigos y familia, supe que estaba justo donde tenía que estar... 
¿Lo que me falta? Ya llegará.

13 abril 2009

El AutoGol (cap. II y final)


Tacones altos, brillo en los labios, sombra en los ojos, perfume en los lugares indicados. 
La noche estaba cálida, la converzación fluida y las risas fáciles. Los silencios eran cómodos y los roces electrizantes. Todo gritaba éxito en la cancha.
Fueron horas en un pequeño bar. El techo bajo, construcción de madera y la luz de las velas, hacían de este lugar un oasis en el centro de la ciudad. Perfecto.
Iba todo como había esperado... a pesar de saber que en unas horas más estaría entrando a jugar, el entretiempo me estaba pareciendo de lo más entretenido. 
Marcelo estaba encantador, el ron absolutamente sabroso, y Yellow ledbetter, de Pearl Jam, hacía de complemento ideal (¡gracias Ceci!).
Ya eran las 2.30 de la mañana. La hora decisiva entre tomarse un ron más y perder la conciencia, o retirarse a ver si mejor se pierde la cordura. Elegimos lo segundo. 
Ya en el auto, el silencio de estar solos y la falta del cautivador ambiente del pequeño bar, causó algo de distancia... "normal supongo", me dije, mal que mal, a pesar de ser amigos, pocas veces habíamos estado solos. Él también lo percibió. Y, parados en una luz roja, decidió ocuparse del problema con un beso que hizo que los autos de atrás comenzaran a tocar la bocina... ya habían dado la verde. Asunto resuelto. 
Llegamos a su casa entre risas, besos y caricias. Dos amigos jugando a ser amantes... pocas veces un juego me había parecido tan cautivador. Entramos a su pieza como pudimos. Mientras, cuatro veloces manos desvestían a voluntad.
Sonó el pitazo, el balón se puso en movimiento, y yo ya estaba en la cancha, no había vuelta atrás. Los primeros minutos auguraban una victoria aplastante.
Todo iba bien, la temperatura alta, la velocidad incitante y los movimientos rítmicos. Ya no había nada más que sacar, ni nada más que esperar, ese era el momento... 1 minuto y medio más tarde, el "momento" había terminado. 
Ninguna explicación, ningún gesto de insatisfacción. Al parecer, para Marcelo, eso es el partido... diez minutos después (en los que me quedé inmóvil tratando de entender qué había pasado) se da vuelta, me mira a los ojos, me acaricia la cara, y con una dulce voz de hombre agotado me dice:"Linda, mañana madrugo, ¿te importaría si te llamo un taxi?".
Sí... entré a la cancha, jugué y perdí... pero nada tengo que culpar al árbitro ni al equipo contrario... esta vez fue un autogol. Mmm... parece que Ceci no tenía tanta razón... aún no estoy lista para volver a las canchas.


06 abril 2009

PreCalentando (cap.I)


"¡Tienes que volver a las canchas!"... fue la frase cúlmine del discurso de mi amiga Ceci. Con la mejor de las intensiones, lo sé, pasó horas alentándome para que abandonara mi período de invernación (aunque aún los termómetros marcan 30º). Y es que desde que retorné a la soltería mi mejor amigo es mi distribuidor de películas, mi noche más larga termina a la medianoche, cual cenicienta, y el contacto más cercano con el sexo opuesto ha sido el diario apretujón entre la multitud del metro.
Después de ese tremendo lavado de cerebro, y con un par de mojitos en el cuerpo, me fui a mi casa pensando que quizás Ceci tenía razón... un par de meses de luto ya era suficiente. En eso estaba, cuando sonó el teléfono... "Marcelo llamando", tintineaba en la pantalla del celular.

Pequeño raconto... con Marcelo hemos sido amigos por más de 10 años. Nos vemos regularmente en cumpleaños y fiestas varias, nos tenemos cariño, somos amigos... aunque no está de más decir que tiene un cuerpo como esculpido a mano. Bueno... y que hemos compartido algunos besos casuales.

Después de unos minutos de la innecesaria, pero habitual, conversación vanal... cómo va el trabajo, que caluroso ha estado marzo, y estupideces por el estilo, finalmente él disipó la nebulosa que levantó con su repentino llamado. Resultó que Marcelo llamaba para invitarme a salir. Justo cuando estaba pensando en pararme de la banca, el entrenador me llamó a calentar.
La casualidad, o el destino para el que prefiera, le estaba dando la razón a mi querida Ceci... quizás es hora de volver a las canchas.