
El tiempo pasa. Inexorablemente, pasa. Y pasan las horas, pasan los días, pasan los años.
Hoy es un año más... como todos los días la verdad... es sólo que hoy, a diferencia de los otros 364 días del año, todos me lo recuerdan.
Aunque cuando abrí los ojos por la mañana parecía un día como cualquier otro... los zapatos tirados en el piso, la botella de agua a medio beber en el velador y Minina (mi adorada gata) durmiendo en los pies de la cama... el resto del mundo me decía a gritos que hoy tenía que ser especial. Y como no quiero llevarle la contra al mundo (la experiencia me dice que siempre es uno el que sale perdiendo), me levanté con una gran sonrisa en los labios y la mejor disposición para dar gracias a todo aquel que me recordara que hoy tengo un año más. Pensé que quizás si parezco feliz de cumplir años, en un par de horas más realmente lo esté. Algo ilusa, pero mejor optimista que derrotista, ¿o no?
Bueno, me levanté, me duché (mientras agradecía que todo está aún donde corresponde, ¡gracias al cielo!) y comenzó el festival de llamados, mensajes, mails... toda vía de saludo que la tecnología permita. Y entre cada uno de ellos me preguntaba porqué me sentía tan miserable.
¿Es acaso porque pasan los años y sigo soltera? ¿Será porque no me estoy haciendo más joven y aún no estoy haciendo lo que realmente quiero? ¿A este paso cuándo voy a tener hijos? ¿Estoy atrasada? mmm ¿Todas las anteriores? ¡Agotador! Como dijo Mafalda, ¡que pare el mundo que me quiero bajar!
Logré mantener mis divagaciones depresivas al margen y continuar con el día y los preparativos de celebración (¡sí, lo celebré! hay que cumplir con el rito completo, si no no vale). A las 10 de la noche ya estaba instalada con amigas cercanas y mi hermana en un bar... en mi mano el mojito más necesario de la historia.
Amigos, conversación, regalitos (¡absolutamente innegable, la mejor parte del cumpleaños!), trago, cigarrillo... el contexto ideal para olvidar los cuestionamientos existenciales detonados por el reloj biológico. Y, junto con mi paz mental, llegó el pastel de cumpleaños, 27 velas encendidas, el cumpleaños feliz comenzó a sonar y, mientras soplaba las velas sin olvidar mis tres deseos, por primera vez en el día me sonrió el alma, pues ahí, rodeada de amigos y familia, supe que estaba justo donde tenía que estar...
¿Lo que me falta? Ya llegará.

